Mi soledad y yo

Como cada noche me he sentado a la mesa y el primer pensamiento lo dedico a la ausencia, es decir la falta de compañía que conocemos como soledad. No resulta fácil de explicar este ahogante devenir, pero aún así lo quiero intentar. Puedes estar entre muchas personas y no estar acompañado sino en soledad.

El acompañamiento parte de una disposición para estar cerca aún sin hablar, una predisposición interior del espíritu para “arropar” al otro y no sólo en sus carencias sino también en la abundancia de ideas, de pensamientos, sentimientos y / o bienes. En definitiva es algo muy íntimamente ligado a la mente y al corazón y no al espacio físico ni al social. También se puede estar sin compañía y no sentir la soledad pues existe esa conexión interior que transciende a la distancia material.

Lo espiritual no se puede separar de uno mismo, somos una unidad funcional indivisible, psicosomática o somatopsíquica que constituye la verdadera esencia de lo ÍNTIMO, del propio YO que nos acompaña para siempre. Por esto cuando las enfermedades atacan a nuestra mente, también las sufre nuestro cuerpo y viceversa. Lógicamente las enfermedades de nuestro cuerpo amenazan también nuestro equilibrio emocional desde la mente.

Ahora bien, la peor de las soledades es esa, la de no sentir tu espiritualidad, esa cualidad vive en nuestro profundo interior y algunos la llaman conciencia y que a mi me gusta llamar alma, quizás por mi condición de creyente.

Volvemos al principio, al momento de estar uno consigo mismo y en un instante, que en mi caso coincide con dejar de hacer mis tareas, al despedir al día… Entonces sientes que llevas horas de rutina, conectado a tu automático existir, pero sin más explicación, en una infinitésima de segundo te sientes solo.

La mente es más rápida que cualquier arrasador trueno, multiplica esta ecuación por más infinito paralizando tus latidos. Ahora todo es en blanco y negro, se hace reconocible la obscuridad a tu alrededor. Un sentimiento negativo que reconocemos todos los que hemos sentido el desgarrador “disparo” de la muerte. Se resucitan exponencialmente el valor de ” las pérdidas “, haciéndote bajar al infierno, en vida, pues para visitar el peor de los infiernos no hace falta morir… solo perder el amor es similar a la muerte.

Evanescentes segundos que se hacen horas, días o la eternidad, me miro esta mano con la que escribo, con la que alimento este cuerpo y la misma que sabe curar y acariciar a mis seres queridos y a mis animales. Aprieto el puño buscando esa fuerza que como un rayo despeje el negror de las tormentas con su temerosa Luz; pero al fin y al cabo luz que rompe la noche, como el amor rompe la soledad.

Despacio, sin hacer ruido, llegan sigilosas las ideas positivas prendidas de las ánimas y con la misma naturalidad que las olas del mar rompen en la arena de playa con un suave murmullo. Despejando, impasibles, el negro fulgor de esta absurda ansiedad que alguna vez viene para recordarnos que todo lo que tenemos es prestado y pasajero, que debemos saber disfrutarlo y que la felicidad no es conseguir más cosas sino saberlas compartir, nada te llevarás de aquí. Vivir el amor es vivir la compañía del alma, hasta en la propia ausencia de quienes amas. Ellos siempre están contigo y esa es la dicha de este mundo, lo que hacemos juntos día a día se prende en la raíz de nuestras vidas.

Hoy también siento el corazón de quien me regaló la vida, como quien te hace un verso enamorado, generoso en sus rimas donde todas las palabras se alzan para unir mil aristas y mil cortes abiertos en esta cadena de orillas, gracias Mamá. De repente todos los miedos mueren como monstruos vencidos por gigantes, héroes buenos que con su cegador resplandor fulminan la soledad.

De las entrañas resucitan tus enseñanzas madre, esas que me decías sobre hacer las cosas bien, sobre marcharse agusto a los sueños, aplicando la opción de pedir perdón como la mágica parte del destino que va fortaleciendo nuestras carencias y algunos otros tesoros que tenemos poco valorados. ” Gracias por el sentimiento cristiano ”, ante esta reflexión, los temores se desvanecen y no sólo quedan sepultados en lo más hondo del sufrimiento, sino que cada día vuelve al hogar la alegría de vivir, tras haber tenido la dicha de haber conocido el amor.

¡ Quien no ha amado no ha vivido realmente !

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